La comunicación es una de las principales características de la cultura humana. Desde la comunicación interpersonal, pasando por la grupal y la social, la comunicación ha sido reconocida por diversas teorías como una de las bases de los cambios sociales y tecnológicos. A lo largo de la historia de la humanidad el desarrollo de tecnologías para mejorar la comunicación generó nuevas sociedades, avances en los sistemas de producción e incluso reformas en los sistemas de aprendizaje.1
El cambió más profundo que se vivió en los sistemas de comunicación antes del siglo XX fue la llegada de la imprenta de Gutenberg: revolucionó los campos de interacción social, la cultura, el arte, la ciencia, etcétera. A partir de la llegada de la imprenta como tecnología y el posterior nacimiento de los primeros periódicos en el siglo XVII hasta la lucha por las libertades civiles después de la Revolución Francesa de 1789, la comunicación comenzó a ser reconocida como un valor necesario para el desarrollo social.
Las constituciones y leyes secundarias que se promulgaron en los Estados del siglo XIX y XX, reconocían el valor de la comunicación a través de la libertad informativa. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas, y la Convención Americana de Derechos Humanos son los principales instrumentos internacionales que consagran aún tal garantía como un derecho universal.2
En el último siglo, los derechos informativos se orientaron en dos sentidos: como derecho social y como derecho mediático. En el primer caso se refiere a la posibilidad de comunicación que tiene toda persona dentro de un Estado libre para recibir, transmitir y buscar información. Esta garantía es el pilar de dos derechos fundamentales, al menos en Occidente: la libertad de expresión y el derecho a saber.
El primero de los casos se refiere al campo jurídico que regula la comunicación emitida a través de los medios tradicionales de comunicación, es decir, cuando una persona emplea algún medio tecnológico para transmitir un mensaje a un grupo de personas. Como medios tradicionales consideramos aquellos que nacieron funcionando bajo un sistema análogo (radio, televisión, prensa y cine). En México tales regulaciones se encuentran fundamentadas en la Ley Federal de Radio, Televisión y Cinematografía de 1960, y en la Ley de Imprenta de 1917.
Sin embargo durante las últimas tres décadas, con el surgimiento de las Tecnologías de la Información y el Conocimiento (TIC), las libertades de información se expanden del campo analógico al digital dando a los usuarios la posibilidad de construir sus propios contenidos y enviar mensajes a un receptor, a un grupo o en forma masificadas. Esto ha fragmentado la función hegemónica que tenían los medios tradicionales.
La apertura de Internet en 1993 para su uso social y el establecimiento de la WWW como la “supercarretera de la información”, afianzó el paradigma de la llamada “Sociedad de la Información y el Conocimiento” o “Sociedad de la Información y la Comunicación”, la cual “crece y se desarrolla alrededor de la información y aporta un florecimiento general de la creatividad intelectual humana, en lugar de un aumento del consumo material”.3 Este nuevo paradigma está revolucionando la base material humana, tal como lo hizo en su momento el invento de Gutenberg.
Ante los cambios globales que ha generado Internet en los últimos años, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) convocó a la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información 1(CMSI) celebrada en Ginebra a finales de 2003 y en su segunda fase en Túnez en diciembre de 2005, donde se analizó el papel que juegan las nuevas tecnologías en las sociedad actuales, la posibilidad del progreso social, pero también los riesgos que representa entre comunidades conectadas y comunidades desconectadas de las innovaciones.
En las conclusiones de la última Cumbre se propuso que el acceso universal, ubicuo, equitativo y asequible a la infraestructura y los servicios de las tecnologías de la información (con inclusión del acceso a la energía, a las computadoras y servicios de Internet), es una de las ambiciones del paradigma de la “Sociedad de la Información” y debe ser un objetivo de los que participan en su creación. Los representantes de los países que asistieron a la Cumbre, reconocieron que el dominio tecnológico es un factor capital para el crecimiento económico, ya que genera ventajas tales como un público consciente, nuevos empleos, incremento del comercio y una mayor divulgación de la ciencia.
Pero no todo es economía, el acceso a la red y la educación están cambiando las relaciones humanas, incluso la política. En este último punto, la posibilidad de conexión que tienen los usuarios puede mejorar sus sistemas democráticos, o en extremo, eliminarlos, como ocurrió durante finales de 2010 y principios de 2011 con la llamada “Primavera Árabe”.4 La comunicación con la nueva tecnología puede “despertar conciencias” e incubar “indignados”, lo cual ha llevado a gobiernos y sistemas políticos a intentar controlar la Red. El caso más reciente de 2012 es Irán, donde el gobierno anunció la intención de crear un “segundo Internet”, el cual estaría controlado por el Ministerio de Información para evitar que los ciudadanos publiquen contenidos que puedan “dañar” la costumbre, la moral y faltarle el respeto a las instituciones.5
Entre las resoluciones de la CMSI2, se acordó que las naciones deberían de fortalecer las entidades públicas tales como bibliotecas y archivos, museos, colecciones culturales y otros puntos de acceso comunitario para promover la preservación de los registros de documentos y el acceso libre y equitativo a la información dado el avance técnico, principalmente en el diseño de la microelectrónica, los programas computacionales y las redes inalámbricas.
A diferencia de las tecnologías de comunicación analógicas, Internet y sus innovaciones son las herramientas comunicativas de mayor penetración en la historia de la humanidad: en cuatro años Internet alcanzó la cifra de 50 millones de usuarios. Para principios del año 2012 existían en el mundo más de 2 mil 200 millones de seres humanos conectados a la red, de los cuales mil 100 millones están unidos todos los días a través de redes sociales como Facebook o Twitter, comparten videos en YouTube y buscan información en Google. A nivel global el 32% de la población tiene acceso a Internet.6
Según cifras de Internet World Stats, en México con una población de más de 113 millones de personas, para inicios del año 2012 se tiene una comunidad de cibernautas que alcanza los 42 millones de personas, lo cual representa el 36% de la población, en tanto el 64% restante se encuentra en la marginación digital. Datos estimados a partir del estudio Hábitos de los Usuarios de Internet en México 2011 realizado por la Asociación Mexicana de Internet (AMIPCI), establecen que de 17 millones de internautas que había en 2005 la cifra se duplicó en 5 años a 34 millones en 2010, de los cuales el 60% son jóvenes: menores de 35 años de edad.
Sin embargo la accesibilidad representa varios problemas, no sólo relacionados con la edad y la educación, sino también políticos y jurídicos. De acuerdo al “Índice de Prosperidad 2011” que realiza el Instituto Legantum de Londres, México presenta problemas de acceso a Internet de mayor velocidad debido a que no tiene una cobertura adecuada de banda ancha. De un análisis efectuado a 110 países, México ocupa el lugar 50 en conexión de banda ancha y el lugar 61 en facilidades para emprender negocios mediante la red.
Por su parte la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) informó en enero de 2012 que México también registra rezagos en materia de Investigación y Desarrollo (I D) donde la inversión del Estado apenas representa el 0.5% del Producto Interno Bruto (PIB). ¿Por qué es importante que el Estado apueste a una mayor inversión para I D? La respuesta es muy sencilla: la nueva economía global se base en el conocimiento y la innovación, generados en centros científicos en red.